jueves, 10 de noviembre de 2011

SIN MÍ

La elegancia del erizo
Muriel Barbery

“La facultad que tenemos de manipularnos para que
no se tambaleen lo más mínimo los cimientos de
nuestras creencias es un fenómenos fascinante”.
Muriel Barvery, La elegancia del erizo

Escribir en primera persona singular es pretencioso. Lo dicen los teóricos, lo dicen los académicos, lo dicen quienes se han estrellado con la palabra “yo” y han despertado de la hipnosis. Yo aún no despierto. Paloma aún no despierta. Renée aún no despierta. Muriel Barbery, tampoco. La autora se camufla en sus personajes, la portera experimenta una muerte de película y la niña escribe dieciséis ideas profundas para despedirse del mundo. Y yo, aunque escribo en primera persona, mi síntoma más recurrente es leer en primera persona.
Podría no estar leyendo La elegancia del erizo, sino el manual del usuario de cualquier aparato electrónico, el resultado sería el mismo: las frases del autor empatarían con mi vida, me enseñarían cosas, me describirían de una manera íntima, como sí me espiaran. Es un hecho, leo en primera persona, protagonizo mis lecturas, soy como un gas liviano que ocupa todo el espacio posible. Ocupo tanto espacio que el libro parece desdibujarse en esta no-reseña.
En aras de evitarle molestias al lector sensible a comportamientos como la autoidolatría, y dado el carácter peyorativo que se le atribuye al pronombre con el que se designa la primera persona singular, en adelante se evitará su uso quisquillosamente, así como las conjugaciones verbales asociadas a él y otros recursos gramaticales que se refieran directamente al autor de este texto. En otras palabras, se escribirá este texto sin mí.
Los personajes de ficción que protagonizan la novela de Barbery luchan por ocultar su inteligencia prodigiosa, en el caso de Paloma, y un grado de referencias culturales inusuales en una portera, en el de Renée. Paradójicamente, para lograr este propósito, la autora exhibe su propio acervo cultural a través de estas dos mujeres, quienes repudian sobremanera la condición del intelectual.
Frente a este panorama, es muy difícil tomar una posición y defenderla. Una persona que estudió literatura para tener bases sólidas, que le permitan desarrollar su profesión en el campo editorial, prefiere no expresar su opinión, y menos por escrito, sobre la conveniencia y/o relevancia del quehacer intelectual; eso sería autosabotaje, una palabra que aparecerá implícita o explícitamente en estos textos.
Tras la lectura entretenida, fluida, comentada y compartida de La elegancia del erizo, se debería sentir a) alivio y/o decepción por el desenlace de la historia; b) orgullo por conocer las referencias literarias, musicales y artísticas; c) curiosidad y/o vergüenza por las desconocidas; ó d) admiración por el manejo de los narradores y la construcción de los personajes para contar una historia sencilla. En el caso específico del lector que escribe esta nota, la sensación es un poco de todas y un poco de vacío, un satisfactorio y necesario vacío.
26 de enero

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