jueves, 10 de noviembre de 2011

CLARA COMO IRENE

En blanco
Lucía Serrano
“Primero aparece una idea pequeña,
y esa idea trae a otra,
y a otra más,
y a otra…”.
Lucía Serrano, En blanco

En un acto telenovelesco, Clara arrojó un objeto por el balcón de su apartamento. Ella vive en el piso catorce y, por lo tanto, el inocente objeto de plástico adquirió una velocidad de caída de magnitud considerable, tanto que, no está segura, pero cree que hirió a un perro. La idea del perro exangüe, lo ridículo del acto, la culpa asociada a la carga emocional depositada en el objeto roto contaminaron la mente en blanco que se supone que Clara y todos deberíamos tener para ir a dormir.
Clara, como Irene, tiene la cabeza llena de ideas, de rayes: rayes de crayolas como en las ilustraciones de En blanco o rayes de los otros, de los que no deja(ba)n que ni Irene ni Clara durmieran como los angelitos que aparecerían en la portada de un libro que se llame Cuentos sosos para dormir. A ambas parece aflorarles ese montón de ideas enredadas cuando deberían estar descansando, por eso padecían trastornos de sueño, tomaban pastillas para dormir o seguían recomendaciones alternativas como la leche caliente o la actividad física intensa antes de ir a la cama.
¿Será que Irene tampoco puede dormir porque se siente culpable por lanzar sus juguetes por el balcón? Ah… tantos niños sin juguetes; tantos perros inocentes que no deberían sufrir accidentes inverosímiles; tantos sarcasmos que, no sólo de noche, se cocinan en esa cabecita de Clara.
Con crayolas, textos cortos, un personaje dibujado con negro al que llamó Irene y mamarrachos de colores, Lucía Serrano le mostró a Clara la representación gráfica más aproximada de los enredos mentales previos al descanso nocturno, que contradicen la utopía de la mente en blanco, y de los que tanto se preocupa el papá de Clara, el neurocirujano de Clara y hasta Clara, cuando claramente enloquece y elige una vida normal para vivir.
Lucía Serrano dibujó el caos que hace sentir tranquila a Clara (más o menos así):



aunque ella también haga que las ideas se vayan a otro cuarto, cuando en verdad necesita descansar.
1° de abril

SIN MÍ

La elegancia del erizo
Muriel Barbery

“La facultad que tenemos de manipularnos para que
no se tambaleen lo más mínimo los cimientos de
nuestras creencias es un fenómenos fascinante”.
Muriel Barvery, La elegancia del erizo

Escribir en primera persona singular es pretencioso. Lo dicen los teóricos, lo dicen los académicos, lo dicen quienes se han estrellado con la palabra “yo” y han despertado de la hipnosis. Yo aún no despierto. Paloma aún no despierta. Renée aún no despierta. Muriel Barbery, tampoco. La autora se camufla en sus personajes, la portera experimenta una muerte de película y la niña escribe dieciséis ideas profundas para despedirse del mundo. Y yo, aunque escribo en primera persona, mi síntoma más recurrente es leer en primera persona.
Podría no estar leyendo La elegancia del erizo, sino el manual del usuario de cualquier aparato electrónico, el resultado sería el mismo: las frases del autor empatarían con mi vida, me enseñarían cosas, me describirían de una manera íntima, como sí me espiaran. Es un hecho, leo en primera persona, protagonizo mis lecturas, soy como un gas liviano que ocupa todo el espacio posible. Ocupo tanto espacio que el libro parece desdibujarse en esta no-reseña.
En aras de evitarle molestias al lector sensible a comportamientos como la autoidolatría, y dado el carácter peyorativo que se le atribuye al pronombre con el que se designa la primera persona singular, en adelante se evitará su uso quisquillosamente, así como las conjugaciones verbales asociadas a él y otros recursos gramaticales que se refieran directamente al autor de este texto. En otras palabras, se escribirá este texto sin mí.
Los personajes de ficción que protagonizan la novela de Barbery luchan por ocultar su inteligencia prodigiosa, en el caso de Paloma, y un grado de referencias culturales inusuales en una portera, en el de Renée. Paradójicamente, para lograr este propósito, la autora exhibe su propio acervo cultural a través de estas dos mujeres, quienes repudian sobremanera la condición del intelectual.
Frente a este panorama, es muy difícil tomar una posición y defenderla. Una persona que estudió literatura para tener bases sólidas, que le permitan desarrollar su profesión en el campo editorial, prefiere no expresar su opinión, y menos por escrito, sobre la conveniencia y/o relevancia del quehacer intelectual; eso sería autosabotaje, una palabra que aparecerá implícita o explícitamente en estos textos.
Tras la lectura entretenida, fluida, comentada y compartida de La elegancia del erizo, se debería sentir a) alivio y/o decepción por el desenlace de la historia; b) orgullo por conocer las referencias literarias, musicales y artísticas; c) curiosidad y/o vergüenza por las desconocidas; ó d) admiración por el manejo de los narradores y la construcción de los personajes para contar una historia sencilla. En el caso específico del lector que escribe esta nota, la sensación es un poco de todas y un poco de vacío, un satisfactorio y necesario vacío.
26 de enero

RED SOCIAL

¡Beso, beso!
Margaret Wild y Bridget Strevens-Marzo

“Una mañana, Bebé Hipopótamo tenía tanta prisa
por ir a jugar, que olvidó darle un beso a su mamá”.
Margaret Wild y Bridget Strevens-Marzo, ¡Beso, beso!

Me siento como Mark Zuckerberg el día que se le ocurrió la idea de Facebook. No estoy borracha, ni despechada; tampoco tengo idea de lo que sea que Mark necesitó saber para montar Facemasch.com, la aplicación que colapsó la red de Harvard; pero sí pasé tres horas frente al computador a raíz una pregunta: “What´s wrong with people?”.
Me rehúso a seguir viendo como “muchas personas desperdician su vida para complacer a otros”, en lugar de satisfacer sus propias necesidades y deseos. Aunque están entre comillas, esas palabras también las escribí yo, en respuesta a un comentario al status de Facebook que desencadenó la epifanía que ya le contaré: “Clara Inés Giraldo Mejía no quiere ser prepotente, pero declara que el mundo sería mejor si más personas pensaran como ella”.
Decir “epifanía” también es prepontente, como la manía de Zuckerberg de completar las frases de los demás porque son muy evidentes; revisar sumas ridículamente fáciles, sólo para interrumpir una audiencia; o escupir verdades brutales, que le dan el carácter mordaz al personaje de Red Social. La verdad brutal es un principio que también me caracteriza a mí: una persona que, sin pelos en la lengua, afirma que tiene la solución para que nadie más se sienta insatisfecho con su vida. Nadie más, incluyendo a Bebé Hipopótamo quien, movido por la culpa y no por sus cuatro patas, atravesó rocas, fango y todo lo demás, para darle el beso que debía darle a su mamá, en lugar de hacer lo que quería: divertirse.
Tenía afán, al parecer los bebés hipopótamos también sufren del síndrome de la postmodernidad: el tiempo no alcanza para nada. Estamos (no, yo no, ya crucé ese umbral y ahora me considero un ser superior). Usted está tan embebido en sus deberes o en placeres efímeros que realmente no lo hacen feliz, que no tiene ni un minuto para hacer lo que le interesa. Por eso, cuando termina el día, usted se siente vacío, incompleto, mediocre; como el hipopótamo que puso su tranquilidad en manos de la mamá a quien debía besar.
¿Usted es como él? Las estadísticas sugieren que sí: cinco horas después de que hice esa publicación, siete de mis amigos en Facebook se interesaron por “mi idea de arreglar la vida de las personas de manera masiva” y sólo una de ellas aseguró sentirse plena con su vida actual, otras cinco han decidido ser parte de mi experimento y la otra, que comentó hace veintidós minutos, también aceptó probar si mi práctica para alcanzar la tranquilidad funciona en ella.
El evidente equilibrio emocional de Bebé Hipopótamo y el de su mamá sólo se debe a que ambos están buscando algo que les falta, como Mark Zuckerberg, que por fin deja ver, literalmente durante el último minuto de la película, su insatisfacción. Los dos hipopótamos, el genio de los computadores y usted conocen la respuesta. Me gustaría ayudarle a que usted la encuentre. Búsqueme en Facebook si quiere ser parte de mi experimento.   
26 de octubre